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A los pies de Chorrerón

Caripe es conocido en Venezuela y mundialmente casi exclusivamente por la Cueva del Guácharo. Pero los bosques que lo rodean esconden experiencias únicas de aventura: caminar por paraderos vírgenes de vegetación espesa, descender barrancos y bañarse en las aguas frescas de Chorrerón. 

 

Caripe es tierra verde, verdísima, exuberante, fértil y templada. Una mezcla perfecta de montaña, ríos, cascadas, cuevas, agricultura y candor prevalecen en ese pedazo de tierra que guarda el estado Monagas. La gente visita la Cueva del Guácharo, se pasea por los pueblos y regresa a casa.

Pero los mejores secretos de Caripe están bosque adentro, donde pocos se han asomado a atestiguar la virginidad de la vegetación. Uno de ellos es Chorrerón. Para visitar Chorrerón hay que estar dispuesto a caminar un par de horas por terrenos bastante accidentados, conseguir un guía que te lleve para no perderte en el montarral y saber abrirle el corazón a lo que la naturaleza exhibe.

Arranca la caminata por terrenos poco empinados, leves colinitas en las que se asoman siembras de cilantro, cebollín, maíz y auyamas. Comenzamos a ascender y descender por la montaña. Poco a poco va cambiando la vegetación, pasa de matorrales espesos a inmensos árboles frondosos. Abundan las mariposas, se escuchan las conversas a pulmón de las aves y nos encontramos el reguero que dejó a su paso el desayuno de los monos araguatos. Luego comenzamos a descender por un barranco profundo. Finalmente llegamos a un árbol de mango imposiblemente grande.

Nos lanzamos por un último desfiladero y llegamos al río. Cruzamos por las piedras. Extraña no escuchar aún la cascada, se supone que casi estamos allí. Subimos una última colinita y, antes de descenderla, surge entre las ramas una pared de piedra gigantesca, vertical, imponente, certera. El agua, siempre poderosa, parece derretirse ante sus encantos. La acaricia suavemente y en su abrazo lame y pule la piedra con sutileza de amante afectuoso.

Es un espectáculo conmovedor ver descender más de 60 metros de agua en semejante melindre natural. Bajamos hasta sus pies donde un pozo celebra la sutil llegada del líquido. Tras casi dos horas de desbarranque frenético por la selva de Monagas, el agua helada templa las carnes adoloridas, lava cabelleras desgreñadas, sacude el cansancio y desvanece barriales. Sobrecoge. Nadamos en el pozo, nos encaramamos en los pies de la piedra, gritamos de euforia, callamos de regocijo, recogemos todo lo que indique que alguien estuvo ahí y emprendemos felices y frescos el camino de regreso.

Escrito por Arianna Arteaga Quintero para revistaojo.com

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